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EL ESTUDIANTE Y LA CRISIS DE LA ENSEÑANZA PSICOLÓGICA

Autor: Sebastián Blanco Eguiluz

 

No se puede ser un auténtico psicólogo, si no se busca llevar a la persona a que se conforme con Cristo.

(CONTINUACIÓN)

 

IV. Jesucristo, Único Reconciliador

            Durante las entrevistas, al pasar a la última pregunta que gira en torno al Señor Jesús y la importancia que tiene o debería tener en un psicólogo y en la carrera de psicología, el rostro de las personas que entrevistaba entre que mostraba sorpresa, desconcierto o una expresión que parecía decir ¿estás loco o qué? Era obvio que casi a la totalidad le costaba hacer un enlace entre Cristo y el tema de la psicología. En la práctica hay una ruptura entre la conciencia de lo que la luz de Cristo puede aportar para entender la problemática psicológica del ser humano y la psicología como profesión.

      Las respuestas en su gran mayoría fueron muy superficiales y vacías, casi expresadas para no ofender a quien preguntaba. A la casi totalidad le parecía algo cerrado y fuera de lugar presentar al Señor Jesús y sus enseñanzas dentro del programa de psicología. Fueron pocos los que creían necesario el modelo de Cristo para poder ayudar a otras personas, tanto como modelo para el psicólogo como para el paciente.

      Quisiera sólo remarcar que así como el pecado daña al hombre en lo más profundo de sí, sólo Jesucristo es capaz de sanarlo, sólo Él puede reconciliar la herida hecha por el pecado a causa del mal uso de la libertad. Esto hace necesario abordarlo en la psicología así como profundizar en las cuatro rupturas de las que habla el Papa en la exhortación Reconciliatio et paenitentia.

      El Concilio Vaticano II ha sido claro al indicar en la Gaudium et spes 22 la centralidad del Señor Jesús en el descubrimiento que el ser humano está invitado a hacer de su propia identidad. En la exhortación Ecclesia in America, en el número 10, este tema se explicita aún más, en perspectiva antropológica y teológica. Cristo ilumina la imagen del ser humano y restaura la semejanza perdida. Por el efecto restaurador que tiene Cristo en la naturaleza de la persona, ésta puede distinguir sus dinamismos de permanencia y despliegue de manera correcta; es decir, se da una recta decodificación de los dinamismos fundamentales de permanencia y de despliegue. Así, el hombre va a buscar realizarse ya no en los falsos ídolos, sino que su despliegue estará orientado hacia valores como el servicio, la comunicación generosa de sus bienes y la vivencia de la virtud, donde se va a realizar en el amor.


      Siendo el hombre una unidad bio-psico-espiritual, la Luz de Cristo va a iluminar toda esta realidad, llevando al ser humano a un equilibrio en sus tres dimensiones: la biológica, la psicológica y la espiritual.

«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», leemos en la GS 22. Ante la profundidad de esta afirmación cabe preguntarse, ¿puede uno llamarse auténtico psicólogo, si es que no trata de que la persona se conforme más y más con Aquél que ilumina la identidad y misterio del ser humano? Obviamente ese debe ser el objetivo de fondo de todo psicólogo católico. Pero como vemos, la experiencia concreta del estudiante de psicología —del futuro psicólogo— está muy lejos de esta aproximación coherente con la fe. La importancia de Cristo como el único que responde a los anhelos más profundos del ser humano queda reducida muchas veces a un mero pietismo personal sin consecuencias en el campo de estudio ni en la vida profesional. La disciplina psicológica se aparta de la fe. En lo que algunos llaman “ciencia psicológica”, Cristo no tiene lugar. El tema lleva al divorcio de fe y vida, al divorcio de la profesión y la fe.

Existencialmente, este agnosticismo funcional empieza a hacer efecto como se ha podido constatar en las diferencias entre las respuestas de alumnos que empiezan sus estudios y quienes están ya avanzados en ellos. Hay pues una esclavitud a los reduccionismos que ha echado raíces en los estudios de psicología. No se puede descartar que el proceso que me atrevo a llamar de “agnosticisación funcional” vaya cobrando más víctimas en la medida en que el alumno está más expuesto a la perspectiva con que son enseñadas las materias de psicología y a la ausencia de cursos que completen la visión expresada en ellas. Me parece que este asunto que hemos expuesto someramente es muy preocupante pues a la luz de la fe y de una antropología cristiana es claro que se mutila al ser humano en sus dimensiones más esenciales por querer dar una explicación reducida a unas hipótesis de positivismo psicológico a su comportamiento.

 

Conclusión
 
            Para concluir quisiera hacer una reflexión personal basada en mi propia experiencia como estudiante de psicología sobre dos realidades que me han preocupado mucho en el tiempo que llevo estudiando.

            Un primer punto es la prescindencia de autores católicos dentro de la historia de la psicología. No hay ningún autor católico que sea estudiado seriamente, y de ser citado no es tratado a profundidad y muchas veces en vez de generar un interés en los estudiantes generan anticuerpos por la manera como son planteadas sus posturas. Esto ocurre dentro de todos los ramos que llevo recorridos en la carrera. Por el contrario se ensalza de manera absurda a algunos personajes que tienen de fondo una serie de teorías que afectan negativamente al ser humano en muchos sentidos.

            Me atrevería a decir que al lado de un secularismo cultural y del mencionado agnosticismo funcional metodológico y vital, hay también un miedo a mostrar la riqueza del pensamiento católico dentro del campo psicológico, por lo menos en algunas universidades de Santiago abiertamente católicas. Esa actitud lamentable afecta la seriedad de la formación en psicología así como la ulterior práctica profesional al acercarse al ser humano aferrándose a posturas psicológicas erradas desde su raíz pero que son expuestas como grandes iluminadoras de la realidad de la persona y sus complejidades mentales.

            El segundo punto que quisiera compartir ya lo he adelantado, pero quisiera resaltarlo pues afecta directamente la vivencia de la fe y la existencia de las personas. A partir de estas entrevistas que he realizado he constatado de primera mano cómo muchos estudiantes conforme va avanzado la carrera y se les va dando conocimientos parciales y que muchas veces caen en mero psicologismo, experimentan un aumento del divorcio entre su fe y su carrera de psicólogos, y la posibilidad de integrar estas dos realidades se va haciendo cada vez más difícil.

            En este sentido, la experiencia existencial del estudiante de psicología me parece muy confusa y a la vez preocupante. Constato que si uno no tiene una profundización en la fe ni un fundamento claro sobre el ser humano, lo que no es muy común, se termina por absorber conocimientos que en muchos casos van directamente en contra de lo que la fe nos enseña sobre el ser humano. Sé del caso de una psicoanalista que fue a un grupo de reflexión cristiana. Una mujer inteligente y conocedora de su escuela. A la cuarta reunión expresó que a pesar de su interés en los temas religiosos que se trataban veía que la aproximación intelectual que subyacía a los mismos se oponía al psicoanálisis y que prefería retirarse del grupo pues veía un conflicto entre el cristianismo y el freudismo. Los temas eran la exposición y estudio del Catecismo de la Iglesia. Los estudiantes no tienen la claridad de esta psicoanalista que vio una oposición entre Cristo y su afiliación a la corriente de pensamiento de Sigmund Freud. Los estudiantes recibimos indiscriminadamente un conjunto de enseñanzas sesgadas. El continuo escucharlas, además de la problemática propia de cada cual, lleva a un progresivo enfriamiento de la fe, a una ruptura de fe y vida, y culmina con casos tristes, demasiado frecuentes, de personas que optan por un investigador y expositor de psicología —bueno, malo o mediocre— contra el Señor de la Vida, Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, hombre perfecto y modelo de todos los seres humanos.


            Muchas gracias.

Sebastián Blanco Eguiluz, miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, estudiante de psicología en la Universidad Gabriela Mistral en Santiago de Chile.

 

 

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Esta investigación de campo ha sido realizada en diversas universidades en Santiago de Chile.

Obviamente en esta exposición me hago responsable de la forma de exponer los puntos según mi personal entender.

Luis Fernando Figari, Nostalgia de infinito, Fondo Editorial, Lima 2002, p. 8.

Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 27ss.


 
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Fuente:
© Sebastián Blanco Eguiluz.. Texto de la ponencia presentada por el autor en las Jornadas de Psicología y Pensamiento Cristiano realizadas en la Pontificia Universidad Católica Argentina,  27 y 28 de agosto de 2004. Ha sido publicado en el libro Bases para una Psicología Cristiana. Actas de las Jornadas de Psicología y Pensamiento Cristiano, Pontificia Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 2005.

 

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