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EL INCONSCIENTE (Continuación)

Autor: Rudolph Allers, M.D., Ph.D.

 

 

III

Habiendo visto —aunque necesariamente de manera superficial— las ideas principales sobre el inconsciente tal como se presentan en la psicología contemporánea, podemos ahora intentar una evaluación objetiva. Tal intento, sin embargo, no puede consistir sencillamente en comparar los puntos de vista de Freud, Jung, y muchos otros, con los principios de alguna escuela de psicología o filosofía que prefiramos. El único procedimiento admisible es un procedimiento doble: primero se examinan las observaciones presentadas como bases para la hipótesis del inconsciente, para luego examinar la validez de las conclusiones que de allí se sacan. Cumplir con esos requisitos de manera perfectamente satisfactoria es una tarea que va mucho más allá de lo que podemos lograr en el poco tiempo que nos queda. Tendremos que contentarnos con la formulación de algunos cuestionamientos pertinentes, o, tal vez, sólo dos cuestionamientos, cuya discusión, sin embargo, nos puede dar luces para el problema global.

El primer cuestionamiento puede ser formulado, paradójicamente, así: "¿Qué tan inconsciente es el inconsciente?" El segundo cuestionamiento se lee: "¿Qué tanto se justifica atribuir al inconsciente propiedades sui generis por las cuales se diferenciaría fundamentalmente de la vida mental consciente?". Hay una tercera cuestión de la cual podemos tratar sólo resumidamente, como si en un apéndice; concierne a la historia de la noción. Sería: "¿Se ha propuesto ideas similares previamente a la aparición del psicoanálisis?"

Al discutir estas cuestiones, debemos tomar en cuenta dos puntos previamente mencionados. Primero: el inconsciente nunca puede ser objeto de observación directa y, por lo tanto, todo lo que se diga de ello es un conjunto de conclusiones de naturaleza más o menos hipotética, sacadas de hechos observables. Segundo: se debe hacer una distinción entre los contenidos del inconsciente o lo inconsciente por un lado, y las operaciones inconscientes por otro.

Consideraremos primero los contenidos inconscientes.

Se dice que el inconsciente es inaccesible a la consciencia en condiciones ordinarias. No puede ser totalmente inaccesible pues entonces no habría absolutamente ninguna razón para hablar de él. Los hechos que sugieren la existencia del inconsciente son principalmente estos: que en ciertas situaciones, como las del psicoanálisis, salen a la luz memorias de las cuales el sujeto supuestamente no sabía nada y que, en casos anómalos, ese salir a la luz conlleva la desaparición de los síntomas o un notable cambio de conducta.

Puesto que se puede hacer regresar a la consciencia los contenidos del inconsciente en situación de análisis —y también por medio de la hipnosis—, se sigue que la barrera entre el inconsciente y la consciencia no es absoluta y puede ser superada. Si puede o no puede ser superada sólo en las condiciones que hemos mencionado, eso se puede discutir, pues siempre está el hecho del "auto-análisis". Freud llegó a muchas de sus ideas básicas, especialmente aquellas relacionadas con la psicología de sueños y su significado, analizándose a sí mismo 10 . Una técnica de auto-análisis ha sido desarrollada y recomendada por Karen Horney. Hay también un experimento que, supuestamente, todo psiquiatra practicante ha hecho, que es que un paciente siempre va a decir que sabía todo el tiempo lo que el análisis reveló, aunque no se había preocupado por mirar en esa dirección.

La afirmación de que el inconsciente está separado de la consciencia exige algunas precisiones, puesto que obviamente existe una comunicación entre las dos regiones de la mente. Los contenidos del inconsciente, representando los impulsos instintivos originales, se vuelven determinantes de los fenómenos conscientes, aunque aquellos nunca emergen sin el disfraz de inconsciencia. Están, no obstante, en el fondo de los síntomas neuróticos, actos fallidos, sueños, así como de motivaciones e ideas de las cuales somos conscientes, puesto que supuestamente resultan de imágenes primordiales, por medio del proceso llamado "sublimación". El inconsciente está separado de la consciencia más por una pantalla que por un muro. Esta pantalla es permeable no sólo del lado del inconsciente, sino también en la dirección opuesta: de otro modo sería imposible que el contenido de la consciencia fuera relegado a las profundidades del inconsciente.

Esta comunicación permanece restringida en condiciones ordinarias; pero en hipnosis o por medio de "libre asociación" lo inconsciente puede reentrar a la consciencia. En un principio Freud había utilizado hipnosis para desenterrar los contenidos inconscientes. Descubrió, sin embargo, que este método era inaplicable en muchos casos, pues los pacientes se mostraban refractarios. Se acordó, entonces, de un experimento particular que había testimoniado en el consultorio de Bernheim. A un sujeto se le había dicho en hipnosis que atacara al profesor veinte minutos después de haberse despertado del estado hipnótico. Actuó según eso. Cuando se le preguntó porqué, declaró no tener idea; finalmente acabó por decir: "Por que me lo dijiste tú mismo hace un rato". Este experimento mostró que la amnesia hipnótica puede ser superada sin recurrir a la hipnosis. Mostró también que la barrera de separación no es un obstáculo absoluto, y no previene cierta comunicación entre la consciencia y el inconsciente.

Hay otros hechos que prueban que el inconsciente no puede ser visto como distinto del resto de la mente. Entre esos hechos podemos mencionar el experimento de Paul Schilder. En casos de epilepsia, el paciente puede desarrollar luego de un ataque un estado mental particular llamado "crepuscular", puesto que la consciencia está frecuentemente obscurecida y confusa. Algunas veces, sin embargo, el paciente actúa de manera aparentemente normal, para luego repentinamente despertará de ese estado y será incapaz de recordar cualquier cosa de sus acciones o experiencias. Todo lo ocurrido durante ese estado, que puede durar semanas, o incluso meses, se volvió inconsciente. Hay una laguna completa en la vida de esa persona. Schilder, sin embargo, pudo probar que pese a esa aparentemente completa amnesia, hay una continuidad, o comunicación entre el episodio que se volvió inconsciente y la consciencia normal. Los pacientes aprendieron de memoria durante el estado post-epiléptico poemas que les eran antes desconocidos y los cuales, claro, no recordaban cuando regresaron a la normalidad. Aprender nuevamente esos poemas, sin embargo, requería notablemente menos repeticiones que las que eran necesarias para aprender un nuevo poema 11 . Queda claro, entonces, que debe existir una continuidad entre la memoria en sentido usual y el inconsciente 12 .


Los hechos reportados parecen indicar que la separación del inconsciente y la consciencia no es tan completa como frecuentemente se supone que es. Y parece posible concebir otra teoría del inconsciente en la que el proceso de "represión" aparezca bajo una luz diferente. Se puede excluir arbitrariamente datos de la consciencia y volverlos más o menos inaccesibles; si se decide "ya no pensar en eso", se puede llegar a un punto en el que las memorias indeseadas de hecho han desaparecido de la consciencia y no regresan, puesto que, figurativamente, los nexos asociativos han sido rotos. Memorias aisladas no relacionadas con otros contenidos desaparecen rápidamente, y pronto se vuelven inaccesibles.

Las diferencias entre el inconsciente y la memoria pueden ser, de hecho, tan sólo diferencias de grado, más que de cualidad. El psicoanálisis sostiene que el inconsciente opera de una manera ajena al subconsciente o la consciencia. Esta opinión sólo se presenta como plausible si no se ha considerado lo suficiente las operaciones de la memoria.

La concepción popular, así como la de la mayoría de los psicólogos, es la de la memoria como una potencia esencialmente pasiva. La memoria retiene y reproduce; añade, según la psicología tradicional, a los datos que reaparecen a la consciencia la "nota de pasado". No siempre lo hace, pues a veces ocurre que se cree que algo de la memoria es una idea nueva. Plagio involuntario no es un fenómeno desconocido. La mayoría de los estudios sobre la memoria la considera sólo en aspecto cuantitativo —la cantidad de material aprendido que es reproducible después de un cierto periodo de tiempo—. Ello encuentra su expresión en la "curva de olvido". Pero la memoria es mucho más que un mero lugar de almacenamiento; ella es capaz de actividades determinadas. Debemos discutir esas actividades porque no difieren esencialmente de aquellas atribuidas al inconsciente.

Describir las varias actividades de la memoria requeriría más tiempo que el que tenemos a nuestra disposición. Una de esas actividades es, en efecto, generalmente reconocida, aunque sin el suficiente énfasis en su carácter activo. La memoria establece relaciones, relaciona entre si datos recibidos simultáneamente o en diferentes ocasiones, de tal modo que uno de esos datos traerá a la consciencia los otros. Tampoco se ha considerado suficientemente que esas asociaciones son de diferentes tipos y se hacen efectivas de diferentes maneras según las necesidades de la consciencia.

Un ejemplo lo puede ilustrar. Se podría preguntar a alguien: "¿Qué pinturas has visto en el Museo Vaticano?". La memoria entonces proveerá una serie de imágenes que reproducen varias de las pinturas que se haya visto. Pero si la pregunta fuera: "¿Qué trabajos de Ticiano has visto en Europa, dónde?", la memoria seleccionaría, entre la gran variedad de trabajos vistos, los de Ticiano, relacionándolos con los lugares en que estaban expuestos, y presentándolos a nosotros. En otras palabras, la memoria no almacena y entrega los datos de manera confusa o con un orden rígido; ella es capaz de seleccionar, agrupar y difundir los datos almacenados de las más diversas maneras, como si utilizara una vasta red de "referencias cruzadas", para satisfacer las particularidades o corregir los anacronismos de la pregunta.

Se sabe bien que la memoria no es perfectamente fiable. No sólo podemos ser engañados por la ausencia —o por la presencia infundada— de la "nota de pasado", sino que la secuencia temporal puede confundirse, ubicar experiencias antiguas en un tiempo más reciente, o creer que impresiones sucesivas ocurrieron simultáneamente. Asociaciones equivocadas pueden aparecer; estamos seguros de haber leído una cita en un autor, para luego descubrir que pertenecen a otro. Nos recordamos, con convincente certeza, algún hecho del que hay evidencia objetiva que no ocurrió o que fue bastante distinto. Con cierta frecuencia nos acordamos de cosas no como fueron, sino como nos hubiese gustado que fuesen. Reinterpretamos, sin darnos cuenta de ellos, experiencias pasadas a la luz de nuevas.

De estas y varias otras operaciones nunca somos conscientes. No tenemos cómo observar el trabajo de la memoria. La memoria es tan inaccesible a la observación directa como el inconsciente. En éste y en aquella sólo conocemos los efectos y asumimos la existencia de la correspondiente potencia o región de la mente, pues de otra manera nuestra mente nos sería absolutamente incomprensible.

Esto equivale a decir que el inconsciente no tiene un lugar exclusivo dentro de la organización general de nuestra mente. Ni son sus operaciones tan completamente distintas de aquellas que asumimos respecto de otras "partes" de la mente, ni su inaccesibilidad es propia del él solo. De hecho, todas las operaciones que según Freud distinguen el inconsciente de la consciencia y el subconsciente son también encontradas, aunque sea de manera menos pronunciada, en estas regiones.

Hay otros de esos términos que son continuamente utilizados tanto en el lenguaje popular como especializado, que no se refieren a hechos observables sino que son de la misma manera de una naturaleza hipotética, o, si se prefiere, explicativa. No tenemos conocimiento experimental de los hábitos. Todos lo que conocemos son los efectos. Se asume que los hábitos y disposiciones son modificaciones de las respectivas potencias, pero no objetos de observación. La abstracción, que la psicología aristotélico-tomista atribuye al intellectus agens no es observable. No somos conscientes de las contribuciones hechas por la memoria y la imaginación a nuestras percepciones.

Evidentemente, jamás podríamos hablar de cosas mentales sin utilizar tales nociones explicativas. Se ha señalado, y se puede muy bien repetir, que hablar del inconsciente como una noción hipotética o explicativa de ninguna manera disminuye su utilidad, plausibilidad o incluso indispensabilidad. La cuestión no es si esta noción se justifica, sino más bien si debe ser entendida de la manera como la entiende la psicología contemporánea, especialmente el psicoanálisis. Esto es discutible. Hemos visto que la concepción de Jung del inconsciente es diferente de la de Freud. No hay ninguna razón convincente para adoptar sólo la noción psicoanalítica de inconsciente.

 

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