Experimentamos una permanente necesidad de tener todo bajo control, que todo nos salga siempre bien y tener buenos resultados; sin embargo, nos topamos con la realidad de que esto no siempre es posible, propiciando la percepción de incontrolabilidad, haciéndonos pensar que no se capaz de hacer frente a situaciones que nos sobre pasan y que el fracaso es ineludible.
La ansiedad surge ante la anticipación de un peligro, que no necesariamente es real, y por la tendencia a catastrofizar las distintas situaciones que vivimos. Ante la ansiedad la actitud que hay que trabajar es la del realismo, la conciencia de las propias habilidades al igual que las limitaciones con las que se cuenta. El reconocimiento de la propia contingencia nos lleva a descubrir que no todo lo podemos y a experimentarnos necesitados de la ayuda de los demás, pero al mismo tiempo reconocer que hemos sido bendecidos por Dios con innumerables dones y capacidades, los cuales tenemos que poner al servicio de los demás.
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